20.4.15

Yo tengo doble partida de nacimiento ¿y tú?


Sé que es curioso esto de 'dos partidas de nacimiento' - más en un país donde una partida de nacimiento significa 'chance de sacar pañales'-´, pero va más allá de tener dos documentos que reflejen el nacimiento de alguien.
"Positivo" - dijo mamá.
El caso es que un día, después de tanto pensarlo y meditarlo, tomé la decisión de cambiar el aspecto de mis dientes. Para nadie es un secreto (quienes me conocen) que el color de mis dientes es algo peculiar o llamativo. ¡Juro que no es descuido tampoco me coloreé los dientes porque el blanco es aburrido; simplemente son así! La cuestión está que descubrí que una odontólogo en Maracaibo me comentó que ella se atrevía a mejorar el aspecto de mis dientes, claro está, debía realizarme unos exámenes previos para saber el por qué son de este color.

Fui a dos clínicas (porque acá en Venezuela tenemos que hacernos los exámenes de sangre en los lugares que descubramos que tengan los reactivos necesarios) y afortunadamente me los pude hacer todos en un mismo día. 
Luego de unos días fuimos a buscar los resultados y mi madre llegó con una sorpresa:
"Clareth, todo salió bien. Lo que no entiendo es por qué no te cuidaste... te salió positivo el de embarazo."
No sabía si creerle o no. La vi medio sonriente y eso era lo que me confundía, sé que en el fondo de su corazón quiere que ya encargue al varón. Me mostró los exámenes y busqué rápidamente la palabra Positivo y allí estaba. Sólo que, para mi sorpresa, no era ningún resultado de embarazo sino de algo menos esperado: Salió positivo el examen de Hepatitis C.

Fue el inicio de una tormenta de preguntas y dudas con respecto a lo que ha sido mi pasado y lo que probablemente iba a ser mi futuro ya que el presente lo tenía muy claro: ceguera.
¿Qué me pasó de niña? ¿No se me curó la Hepatitis cuando me dio pequeña? ¿No era la A? ¿Fue el tatuaje? ¿Cuánto tiempo he tenido esto? ¿Me voy a morir? ¿Se me caerá el pelo? ¿Se lo pegué a Chloé? ¿Me lo pegó Harvey? ¿Lo tengo? 

Me dieron ganas de vomitar. Hubiera preferido que me dijera que estaba embarazada nuevamente - o tal vez no - y eliminar todos esos pensamientos locos que tenía.

No se lo conté a nadie. No quise que me trataran diferente y mucho menos que me preguntaran todos los días como me sentía. Se lo conté a muy pocos ya que mi madre, desesperada, les comentó para desahogar sus preocupaciones. Las miradas, oh las miradas. Esas miradas de compasión y pena. De las 'te miro porque mañana no sé si aún estés acá'. Me sentía incómoda. No sabía cómo reaccionar a las inquietudes que tenían y menos porque no sabía si tenía hepatitis C o no.
"Sea lo que sea lo que me va a decir el médico, lo tomaré con calma y coraje. Haré lo que el doctor me pida y pa'lante comandante."
Me repetía la misma frase constantemente para darme las fuerzas que pretendía demostrarle a mi familia. Por fin llegó el día y fui al médico muy decidida. Después de conversar todo mi historial y de evitar las miradas rápidas del doctor a mis tatuajes, me recomendó hacerme los exámenes nuevamente en un laboratorio de confianza y renombre para luego de tener la seguridad se tomarían las decisiones necesarias. Repetí los exámenes y fue la eterna espera. Me pidieron como dos semanas hábiles para la entrega de resultados y sentía que se me iba la vida. Trataba de entretenerme con responsabilidades pero mi cabeza sólo pensaba si tenía hepatitis C o no.

El día llegó y me temblaban las piernas. Le pedí mis resultados a la encargada y me sostenía disimuladamente con la pared ya que sentía que estaba a punto de desmayarme. Le daba gracias a Dios por tenerme allí y le daba gracias por los resultados y todo lo que me estaba pasando a pesar que no lo entendiera. También le agradecía su voluntad y la aceptaba rotundamente ya que su obra siempre ha sido y será perfecta.

Vi un papel que decía positivo y dije entre mí: "ese es el mío". La señora frenó su búsqueda y verificó que tuviera mi nombre. Efectivamente. Eran mis resultados. Me dio el sobre y yo le sonreí y agradecí inocentemente como si no hubiese leído nada. 
"Chama, es positivo ¿y ahora?"
Caminé unos pasos y no resistí. Leí nuevamente:
Positivo: > 1. Negativo: menos de 1. Resultado: 0.4 = Negativo.

Caminé hasta dónde se encontraba papá. Apenas me vio me miraba con su cara de preocupación disimulada. Estoy segura que quería que le gritara desde lejos los resultados pero él pretendía tener control como todo un buen papá. Para acortarle la espera le subí el pulgar y le sonreí. Vi como suspiró y esperó que llegara para abrazarme. Me ofreció comer un desayuno pero le dije que no tenía hambre con lágrimas de emoción en mis ojos.

Mi mamá lloró cuando le conté por teléfono. Estaba muy feliz. Me dijo una y otra vez todo lo que me quería y me confesó que todas las noches le pidió a Dios para que los resultados dieran negativo. Me uní a su alegría y afirmamos que Dios es bueno y que sabíamos que iba a estar bien.

Al llegar a casa, mi esposo y unos primas me abrazaron y felicitaron como si de una competencia se tratase. Les di las gracias con una incomodidad que seguro notaron.
"No logré nada. Sólo no estoy enferma."
Días anteriores lloraba sin cesar a escondidas. La angustia de saber que iba a hacer con mi vida me estaba ahogando. Pero luego de saber los resultados volví a llorar y esta vez con más ansiedad y dolor. Mi confusión era tanta ya que muy en lo profundo de mi mente esperaba que los resultados fueran positivos. Quería tener hepatitis C. Había estado planificando todos esos días mi sueldo, mi rutina, mis hábitos alimenticios, mi vida sexual y como decírselo a mis amigos y familiares. Mis planes se habían arruinado. Estaba complemente sana.

Seguí llorando por unos días más. La reacción de mi cuerpo a los cambios que se venían se proyectaron de esa manera. Era su método de decirme desesperadamente que prestara atención a un detalle: no tenía un propósito. Estaba esperando por la excusa perfecta para seguir renunciando a quien soy y a mis metas personales. Lloraba porque ya no sabía a qué dedicarme. Lloraba porque ya no podía dedicarle mi vida a la enfermedad. No tenía un sueño. No tenía una meta que lograr. No sabía cuál era ni cómo descifrarla. Además, estaba viviendo con una esclavitud por unos beneficios que no podía gastar ni disfrutar. No había tiempo para mi hija, para mi esposo, para mi familia, ni mucho menos para mí. Tampoco había tiempo para pensar a qué quería dedicarme.

Volví a nacer el día que mi madre me dijo "Positivo". Vi y sentí renacer mi alma desde cada faceta dentro de un profundo y delicado proceso. Murieron en mí muchas partículas y nacieron muchas ideas. Volví a encontrarme con mi centro y me dije con gratitud:
"Hola, tanto tiempo sin saber de ti. Pasa, tomemos un café y cuéntame más. Estoy segura que haremos cosas maravillosas juntas. Te necesito así como tú a mí. Nadie nos puede detener. Te amo y no quiero que te vayas nunca más." 
Me estreché un fuerte abrazo que hasta sentí cada uno de mis huesos.
 

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