8.1.13

El vestido.


En todo este proceso de vida me tracé la meta de coser mi vestido de novia.
Me inspiré para bordar y decorar la parte trasera de él para que quedara como exactamente quería. Al principio pensaba que era pan comido, que era fácil hacerlo, que solo era cuestión de enhebrar una agua y elegir el canutillo. Pero el camino, como todos, fue terriblemente irregular.  Tuve tropezones, caídas, atajos, resbalones, pasillos, sustos y hermosas flores para recoger. A pesar de dificultades y facilidades, seguí mi camino. Seguí cociendo el vestido. Debía seguirlo haciendo, que a pesar que las agujas las sentía en las ojos, los hilos cerrándome el estomago y enredado en las venas y los canutillos y plumas en los oídos para no escuchar, seguí.  Seguí porque era algo que necesitaba tener. Seguir el corso. Hasta que mágicamente el dolor sanaba, los dedos ya no dolían  los ojos ya veían y la música podía escuchar. Terminé mi vestido. Quedó hermoso. Quedó hermoso porque no fue perfecto. No fue perfecto porque en el hubieron lágrimas secadas, risas y salivas escondidas. Escondites e indecisiones. 
Hasta que, al darme cuenta, supe que mi vestido tenía vida. Podía bailar, correr, a todos les sonreía, les cantaba y hasta les coqueteaba.
Todo valió la pena.

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